EL AMIGO FIEL quiere dar las gracias a tres de nuestros estupendos voluntarios que colaboraron para la fotografía del periódico, ellos son (de izquierda a derecha): Paqui Luna, Jose Yerro y Ángela Soler. 
Como no, también a nuestros gordetes del albergue, MASK y BEGGA que se portaron genial para la ocasión y recordamos que están a la espera de poder ser adoptados.

EL AMIGO FIEL hoy quiere hacer un agradecimiento muy especial, va dirigido a la Clínica Veterinaria VETA de Córdoba. 
Son muchas las Protectoras de animales que van probando de clínica en clínica para llevar a sus animales y suele haber descontento por muchas razones (trato de segunda, tarifas no ajustadas, falta de interés, etc) al igual que son muchos los veterinarios que acaban quemados de las Protectoras por los problemas que les originan como facturas sin abonar, la falta de confianza en algunas de sus valoraciones clínicas,  la exigencia de unos precios que no son asumibles por parte de ellos, etc. 
Hace tiempo conocimos a la clínica veterinaria VETA, desde entonces estamos más que satisfechos por el trabajo que realizan, por ser unos magníficos profesiones, serios, íntegros, comprometidos y con iniciativa. 
Gracias a ellos hemos podido realizar Campañas de Esterilización con unos estupendos resultados, Campañas contra la Leishmaniosis, Campañas Antiparasitarias y sobre todo, por atender a los animales de nuestra Asociación con un trato excelente y de primera.
Por supuesto, el trabajo bien hecho se basa en una relación honesta y ética entre clínica veterinaria y Protectora.
Por todo esto y por confiar en EL AMIGO FIEL desde el primer momento, damos las gracias a todo el equipo humano que forma la clínica veterinaria VETA:
Alberto Barra, Mª José Delgado, Rafi Gazquez, Francisco Zafra y Juan Berciano.
Morir en una perrera es morir entre muros fríos, sin unos ojos compasivos ni una pizca de ternura, que alivien la angustia de enfrentarse a lo desconocido. Morir en una perrera es morir dos veces, pues el golpe final se abate sobre el abandono, el desamparo, el llanto. El rito siempre es el mismo: unos pasos, el sonido de una llave, un breve paseo, a veces una caricia, una aguja y un leve parpadeo que anticipa una oscuridad infinita. Las estrellas se enfrían mientras el cuerpo se desmorona. La mirada se desprende como un pájaro que se cae de una rama, abatido por una helada furtiva. El corazón se apaga como una canción de cuna que gime sobre un lecho vacío.
Morir en una perrera significa precipitarse en el olvido. Nadie te recordará sobre la orilla tendido, bebiendo la brisa que refrescaba tu garganta. Nadie te recordará ladrando detrás de una cometa. Nadie recordará tu silueta ondulándose entre el aire y la espuma. Nadie sabrá que las paredes del mediodía se encendían para ti y que la lluvia caía para que los caminos se llenaran de charcos y tu imagen pudiera romperse en mil pedazos. Nadie sabrá que el sol se divertía contemplando cómo saltabas para morder el cielo y sentir el frescor inaudito de las alturas. Nadie escuchará tus ladridos impacientes, divertidos, atolondrados, espantados. 

Ya no asustarás a las palomas, que caminan por los parques con torpeza de pingüinos. Ya no temblarás de miedo, con el estrépito de los truenos. Ya no te refugiarás entre unas piernas, sobrecogido por esos cohetes que parecen huir de la infinita crueldad de los hombres. Te espera la noche con sus aguas oscuras. Te espera el viento, que jugará con tus cenizas. Te espera la Luna, que abrirá sus entrañas para acoger tus huesos. La Luna es un gran cementerio que sepulta a los infortunados. Los entierra con sigilo, con respeto, con plegarias de sombra, con pasos lentos. Los entierra en una eternidad silenciosa, que murmura nombres y evoca sueños. Los entierra con esperanza, con ternura, pensando en deslumbrantes claridades que anunciarán la resurrección de los que murieron aturdidos, humillados, desarraigados, desolados.
La eternidad no vendrá para todos. La eternidad está reservada para ti, que abriste los ojos y notaste una mano humana. Primero, su blandura; después su dureza. No temas a la muerte. La muerte nos llama a todos. No importa dejar de respirar. Importa saber que los desventurados, los que mueren entre extraños, regresan cada primavera. Tus lágrimas incrédulas regresarán convertidas en un río tumultuoso. Tus aguas violentas despertarán a los que te abandonaron en una carretera, celebrando tu desconcierto. Tus aguas son el clamor de los que conocieron la sed, el hambre, la perplejidad, el miedo. Durante días, avanzaste entre espinas, subiendo y bajando laderas, cobijándote entre sombras y piedras, incapaz de comprender la aspereza de unos hombres que te ahuyentaban con palos y piedras. Dormiste bajo un cielo enlutado, con estrellas de piedra fría, preguntándote qué harías al siguiente día. El sol te despertaba aterido, con telarañas en los ojos y el estómago hundido. Los pájaros se asombraban al contemplar tu delgadez y tu aflicción. Ya no te fiabas de los hombres. Eras un espectro, que deambulaba entre campos de trigo. Sólo tenías dos años, pero sentías el lastre de una pena antigua. Ya no tenías alma, sino una herida que se ensanchaba cada día.
No podrías explicar cómo, pero regresaste a la ciudad donde habías crecido, pensando que el rojo violento de la aurora se habían inventado para ti. Al principio, no reconociste tu ciudad. Nunca había visto esas casas, con paredes de cartón y tejados de uralita. Nunca habías visto esas fogatas, rodeadas de niños con las caras tiznadas. Les miraste a los ojos y descubriste la misma incertidumbre, el mismo temor de haber nacido en un mundo que te cierra las puertas. No te atreviste a mendigar pan, no te atreviste a suplicar un poco de calor. La desgracia no siempre es amable. Seguiste caminando por un arcén estruendoso, que temblaba bajo el peso de enormes camiones. Ya conocías el asfalto, pero nunca habías experimentado su dureza en la hora más alta del mediodía. Notaste que ibas dejando unas huellas granates, un rastro que nadie seguiría, pues nadie te buscaba y a nadie le preocupaba tu destino. Por fin vislumbraste los edificios, los parques, las calles llenas de gente. Avanzaste entre la multitud, te detuviste ante unos desconocidos, les miraste, te ignoraron, continuaste tu camino hacia ninguna parte. Te tumbaste bajo un castaño y dejaste que una leve brisa refrescara tus ojos enfebrecidos. Al poco rato, aparecieron unos hombres. Se acercaron con un lazo, poco a poco, como si temieran que les hicieras daño. Una cuerda se ciñó a tu cuello y te obligó a levantarte.
Te trasladaron en un furgón, con otros perros en el filo de la nada. La nada es morir sin que otros lamenten tu ausencia. La nada es morir sin poder decir adiós porque nadie se ofreció para estar a tu lado. Pasaste unos días en un suelo helado, con unas rejas velando tu miedo, tu angustia, tu resignación a no ser y a no ser recordado. La muerte llegó como una sombra que penetra silenciosamente en una habitación y se tumba en el suelo, esperando que la noche borre su presencia. La muerte se bebió tu alma y dejó tu cuerpo inerte, con los parpados vencidos. Una bolsa negra fue tu mortaja y un vertedero tu última morada. No eres más que eso para los hombres: un despojo, un desperdicio, algo que fue y no mereció existir. ¡Qué horrible mentira! Tú no eres esos restos que esperan ser incinerados con toneladas de basura. Tú eres la luz que incendia la tierra, la dulzura que no se extingue, la inocencia que nunca se malogra, el viento que nos desordena el pelo y nos recuerda que hay un mañana. Un mañana donde tú nos esperas, libre al fin de la miseria humana, corriendo por una orilla infinita, que ofrece a tus pies doloridos su blandura de playa embriagada de mar, brisa, sol, risa, espuma. Hasta entonces, volverás cada primavera, como un río que regala abrazos y esperanza, feliz de sembrar la dicha a su paso.
Fuente: RAFAEL NARBONA

Juegos con el gato que causan problemas de comportamiento.
Muchas personas suelen divertirse realizando juegos brutos con el gato. Juegan con sus manos, provocando al gato y haciéndolo rabiar, sobre todo si el gato es pequeño.
Por más que decimos que es contraproducente jugar con nuestras manos con el gato, la gente sigue haciéndolo, y esto genera problemas más adelante en el gato cuando es adulto. Es más importante de lo que parece.
Cuando el gato pasa del mes a los dos meses de edad, pasa por una fase de aprendizaje muy importante: el autocontrol y la intensidad de la mordida. Esto lo suelen aprender mediante juegos con sus hermanos y su madre, por eso es ideal que el gatito viva con su familia hasta los dos meses y medio de edad o con otros gatos que le enseñen. Si el gatito no pasa esa edad con su familia gatuna, y en cambio lo pasa con nosotros, debemos tener cuidado y procurar enseñárselo nosotros. Y estamos haciendo justo lo contrario. En esta fase, al jugar con el gato con las manos, le estamos enseñando dos cosas: que nuestro cuerpo es presa (no olvidemos que el gato es un animal cazador), y que puede morder y arañar todo lo que quiera (ya que siendo pequeño el gatito apenas hace daño). Se le provoca con nuestras manos y se le hace rabiar para que muerda más fuerte, que es justo lo contrario a lo que debe aprender. También se suele jugar a provocarle con los pies.
¿Qué ocurre cuando el gato es adulto? Que no tiene autocontrol ninguno. Suelen convertirse en gatos que muerden muy fuerte, que se abalanzan sobre nosotros de buenas a primeras y nos muerden (se lo has enseñado tú), que no tienen medida a la hora de morder ni controlan cuando es juego, se frustran. Luego la gente me llama diciéndome que tiene un gato agresivo, que apenas se deja tocar porque muerde, que le “ataca” mientras camina por los pasillos de casa, que está sentado tranquilamente y viene el gato y le muerde, y con dos preguntas ya llego al origen del problema, y es éste. Todos estos comportamientos inadecuados suelen estar derivados por un gran error nuestro a la hora de enseñarle, o porque le ha faltado este aprendizaje en la edad adecuada. Pero nunca es tarde.
Si por cualquier motivo el gatito no puede estar con otros gatos durante el mes a los dos meses de edad, nosotros podemos enseñarle, con unas pautas muy fáciles de realizar:
Por supuesto, jamás jugar con el gato con nuestras manos ni pies.
Provocar al gato a jugar con juguetes, sobre todo los de cuerda larga o caña de pescar, con los que el gato no pueda acceder a nuestras manos mientras jugamos con él. Un gato pequeño y hasta que es adulto necesita mucha actividad.
Si nos muerde, no debemos mover la mano (si la presa se mueve, él muerde más fuerte) y debemos chillar, demostrándole que nos está haciendo daño. Esto lo hacen sus hermanos gatitos cuando juegan entre ellos: uno muerde, el otro chilla, así el que está mordiendo para de morder y suelta a su hermano, así una y otra vez. Cuando nos suelte, debemos retirar la mano o el pie tranquilamente y desviar su atención a otro tipo de juego como los que hemos comentado antes. Este chillido sólo lo debemos realizar cuando se trata de un juego, jamás si un gato nos está agrediendo por otro motivo.
Hay que respetar el espacio vital del gato y no agobiarle cuando no quiere ser acariciado o cogido en brazos. Cuando demanda actividad, hay que dársela, cuando es el momento del descanso, entonces podremos acariciarle.
Sólo así conseguiremos que nuestro gato esté equilibrado, no le provoquemos problemas de comportamiento, que luego injustamente pagan ellos, pues estos gatos acaban abandonados o sacrificados, diciendo sus dueños que son “agresivos”.
FUENTE:
Laura Trillo Carmona, Terapeuta Natural de Gatos
laura@terapiafelina.com/ www.terapiafelina.com